domingo, 1 de junio de 2008

Un dia







(Para lobo)



-¿Dónde vamos mamá?
- Venga no preguntes tanto y ponte el vestido.
Todo eran prisas, silencios y malos gestos aquella mañana.
Su padre y su madre, hablaban poco, muy poco y sólo iban de aquí para allá, cogiendo cosas, de un lado y de otro.
Mamá tenía la cara pálida, y papá el rostro serio. Pero creí que era mejor no hacer más pregunas y hacer lo que decían.
Así que me vestí, y cuando todos estuvimos listos, con el mismo silencio y los mismos gestos sombríos nos fuimos hasta el coche.
Ese día papá no puso la radio donde ese hombre con la voz monótona daba las noticias y nos contaba lo malo que había pasado en el mundo. Y mamá tampoco se iba mirando en el espejo para ver si tenía bien pintados los labios.
Era como si el silencio hiciese el coche más pequeño.
Los árboles pasaban rápidos, emborronados por la ventanilla del cristal, pero el cielo permanecía azul allí arriba. Inmóvil, inamobible.
Cuando papá aparcó el coche me encontré ante una gran puerta con grandes rejas.
Por supuesto que sabía que aquello era el cementerio.
Ya había oído hablar de él. No era una niña. Allí la gente dormía tranquilamente hasta que Dios los llamaba.
Fuimos paseando en silencio, cogida de la mano de mamá, por aquellos largos pasillos llenos de cruces y ángeles. Mamá señalando a uno pequeño me dijo que era un querubín. Supongo que sería su nombre.
Papá andaba dos pasos por delante con la cabeza gacha y arrastrando los pasos.
Después de andar un buen rato, llegamos hasta una gran placa que había en el suelo con varios ramos de flores.
Me sonreí, señalando la foto que había en ella.
-Mamá, es el abuelo-. Casi grité
Y entonces es cuando ví que tanto mamá como papá estaban llorando.
Y yo estuve a punto también de hacerlo, porque cuando oyes llorar a alguien hay algo que se trasmite en el aire que te hace hacerlo a tí también. Pero como yo ya no era una niña, conseguí evitarlo.
Me quedé mirando la foto del abuelo, y comprendiendo que dormía hasta que Dios lo llamase. Sólo pude pensar que ojalá no pasara frío, porque el día estaba fresco y el aire se colaba por los huecos de mi bufanda.
Cuando pasó un rato, nos fuimos de allí, mientras mamá se limpiaba las lágrimas con su pañuelo, y papá volvía a andar dos pasos por delante con la cabeza cabizbaja.
Cuando nos dirigíamos al coche, alguien nos llamó.
Era la prima Isabel.
Fuimos a saludarla y vimos que en brazos tenía al primito Carlos. Tenía apenas dos meses de vida.
Papá y mamá reían y no paraban de abrazarlo y darle besos, e incluso me lo dieron a mí para que lo cogiera.
¿Porqué huelen también los bebés? Bueno, salvo cuando se hacen caca.
La prima le dijo algo a mamá que pronto sería abuela, y las dos rieron a carcajadas.
No lo entendí.
Y después de eso nos metimos en el coche. Pero todo había cambiado. Papá y mamá ya hablaban y sus miradas habían cambiado.
El ciclo de la vida.
Ya os he dicho que ya no soy una niña.
Y el Rey león lo explica muy bien.

Y así fuimos bajando a la ciudad de nuevo, con el cielo inamovible, y los emborronados árboles pasando fugázmente por la ventanilla.

3 comentarios:

Ayshane dijo...

Que suerte tiene Lobo, un relato realmente bueno, conmovedor observado desde el punto de vista de un niño...

Besos

Lobo dijo...

Ya te lo he dicho alguna vez, eres un narrador nato, leer un relato tuyo es como verlo en una pantalla.
Me ha encantado, gracias por dedicarmelo y por muchisimas cosas que nunca te agradezco.
Solo quería añadir una cosa.
Mi equipo suena mejor, XD

sueño dijo...

Gracias ayshane, me alegro de verte por aqui y leer tus palabras

Qué te puedo decir lobo¿?
Mi ego esta mas alto que el cura ese que se lleno de globos y anda perdido por el cielo.
Gracias, no tienes que agradecerme las cosas.Las hago de corazón.

En cuanto al equipo...
Tu equipo suena como tus cascos Fonestar, falto de cuerpo, de emoción, y como una comida sin sal.
jijiji.